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Por Javier Moreno

El Último Día de Radioterapia: Una Victoria que Ilumina la Vida.

En los últimos seis meses, por circunstancias personales, he tenido que acudir en varias ocasiones a la Clínica de Oncología y Radioterapia Dr. Ricardo Muñoz Ceballos. Lo que al principio representaba solo visitas médicas necesarias se convirtió en una experiencia profundamente humana. A lo largo de estos meses pude presenciar de primera mano decenas de historias de lucha, resiliencia y esperanza. Dos momentos en particular me marcaron para siempre: aquellos en los que los pacientes terminan su tratamiento de radioterapia.
Tuve la fortuna de platicar extensamente con el Dr. Ricardo Muñoz Riaño, radioterapeuta y director de la clínica. Con la calidez y la experiencia de quien ha acompañado a miles de pacientes durante más de treinta años, me compartió reflexiones que ahora entiendo con mayor claridad después de haberlo visto todo en persona a lo largo de estas visitas.
También conversé con un joven al que el Dr. Muñoz ha apoyado de manera extraordinaria, no solo en su tratamiento, sino ayudándolo a retomar la práctica de la lucha libre y a desarrollarse laboralmente. Su energía y determinación al hablar de sus planes futuros eran contagiosas; representaba claramente esa “vida que vuelve a tener color” de la que me habló el doctor.
Otro encuentro que me conmovió fue con una señora que ese día acudía a su cuarta sesión de radioterapia. Con una serenidad admirable me contó que el trato recibido en la clínica había sido fundamental para que ella fuera a sus sesiones con tranquilidad y confianza. Me explicó que en su primera consulta de evaluación logró entender realmente qué era lo que tenía, que la apoyaron con el costo de esa consulta inicial y que su tratamiento comenzó de forma rápida. Todo eso, según sus palabras, ha sido clave en el éxito que hasta ahora ha tenido su proceso.
Escuchar estas historias me permitió comprender con mayor profundidad lo que el Dr. Muñoz me había compartido:
En sus más de treinta años como radioterapeuta, ha acompañado a miles de personas en su lucha contra el cáncer. Ha visto el miedo en sus ojos el primer día, la fatiga en la mitad del camino y, sobre todo, ese momento mágico: el último día de radioterapia exitosa. Ese instante en el que el paciente, después de semanas o meses de sesiones diarias, se levanta de la camilla por última vez sabiendo que ha cumplido su parte con coraje y disciplina.
No existe una sola forma de vivir ese día, pero todas comparten una emoción indescriptible: una mezcla de alivio profundo, gratitud inmensa y, paradójicamente, un toque de nostalgia. La máquina que parecía un enemigo se vuelve un aliado. Los técnicos ya no son solo profesionales, sino parte de la familia. Y el equipo médico camina junto al paciente cada milímetro del camino.
He visto con mis propios ojos esa emoción: pacientes que abrazan al doctor con lágrimas, familias que celebran, jóvenes que recuperan sus sueños y madres que vuelven a hacer planes con sus hijos. Historias como las de doña María, o de familias que salen tomados de la mano riendo.
La radioterapia no es solo física; es profundamente humana. Cada fracción de Gray lleva consigo fe, amor y resiliencia. Al final no solo se celebra la remisión del tumor, sino la vida que regresa, los sueños que se retoman y las familias que se reencuentran sin el peso del miedo constante.
Por eso, a quienes hoy comienzan su tratamiento, a quienes están en la mitad del camino y a quienes aún no han recibido un diagnóstico, les digo con certeza después de haberlo visto: hay luz al final del túnel. La ciencia ha avanzado enormemente, pero sobre todo está la fuerza del espíritu humano.
El cáncer no define quiénes somos. Es solo un capítulo. Cada persona que llega a su última sesión me recuerda que la esperanza es una decisión diaria.
Si usted o un ser querido enfrenta esta batalla, sepa que no está solo. En esta clínica no solo tratan tumores; acompañan vidas. Y cuando llega ese último día, se celebra juntos, porque esa victoria es de toda la familia, del equipo médico y de la vida misma que se niega a rendirse.
Sigan adelante. El último día llegará. Y cuando lo haga, sabrán que cada esfuerzo valió la pena. Porque después de la radioterapia más dura, siempre sale el sol.

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